Kommentar Journalismus in Kuba

Die Dinge beim Namen nennen

In den offiziellen kubanischen Medien ist es nicht möglich, Klartext zu schreiben. Das muss sich ändern. Niemand darf unantastbar sein.

Eine Schwarze Frau liest eine Zeitung

Parteizeitung „Granma“, 2008 – sie hat sich nicht geändert Foto: ap

Für die spanische Originalversion bitte herunterscrollen! Si desea, puede consultar la versión original en español a continuación de esta traducción al alemán.

Im Oktober vergangenen Jahres erschien in der Zeitung Tribuna de La Habana unter dem Titel „Die Reisen des Gulliver Junior“ ein kurzer Text, der für kubanische Verhältnisse ziemlich einzigartig war. Das lag an dem Text an sich – und an dem Medium, in dem er erschien: Tribuna de La Habana ist das offizielle Organ des Provinzkomitees der Kommunistischen Partei Kubas (PCC).

„Dank seines Vaters reist Gulliver Junior sehr oft,“ beginnt der Text. „Wieder zuhause, erzählt er nichts. Er beschwindelt seine Mitmenschen mit Geschichten über Schiffbrüche,“ heißt es an anderer Stelle. Und obwohl das ziemlich kryptisch ist, glaubten doch die bestinformierten Leser darin eine Anspielung auf die Luxusreisen Antonio Castros zu erkennen, den Sohn des kubanischen Ex-Präsidenten Fidel Castro, der in diesem Jahr zufällig mit versteckter Kamera in einem türkischen Badeort aufgenommen worden war.

Kann sein, dass es sich bei dem Text um eine Auftragsarbeit handelte – die Wege der PCC sind unergründlich wie die des Herrn. Es kann auch sein, dass der Text den Redakteuren einfach duchgerutscht ist. Wie auch immer: „Die Reisen des Gulliver Junior“ ist ein klares Zeugnis für die Spielregeln in den offiziellen kubanischen Medien.

Dieser Text erschien in gekürzter Fassung am 15. Juli 2016 in der Sonderbeilage (PDF) zum zweiten taz Panter Workshop mit kubanischen Journalisten.

Este articulo se publicó en una versión cortada el día 15 de Julio 2016 como parte de un suplemento especial (PDF) en occasión del segundo taller de la fundación taz Panter con periodistas cubanos.

Der Artikel sagt nicht den wahren Namen Gullivers, das Gesicht bleibt unter der Maske verborgen. Wenn es das Ziel war, hier eine Anklage zu formulieren, dann bleibt ihre Wirkung durch die Unbestimmtheit recht gering. Jeder Versuch, den Sinn zu verstehen, führt ins Reich der Spekulation.

Trotzdem zögerte die kubanische Bloggerin Yoani Sánchez nicht, dem Artikel zu bescheinigen, er sei „metaphorisch, aber sehr treffend.“ Wie kann der Text treffend sein, wenn er alles im Ungewissen lässt? Meiner Ansicht nach geht das schlecht, trotz jener „Ähnlichkeiten zwischen der symbolischen Geschichte und dem wirklichen Leben,“ die Yoani Sánchez entdeckt hat.

Tomás Perez, 31, hat Philologie studiert. Er arbeitet in Havanna als Mitarbeiter des unabhängigen Internetmagazins Periodismo del Barrio.

Tomás Perez, de 31 años, estudió filología. Vive en La Habana y es reportero y editor del magazin digital independiente Periodismo del Barrio.

Es ist verständlich, dass man sich mitunter ein bisschen schräg und mit „Ähnlichkeiten“ und „symbolischen“ dem „wirklichen Leben“ annähert, um der Zensur zu entkommen. Trotzdem scheinen zwei Dinge sehr offensichtlich. Erstens: Das ist nicht der Journalismus, den Kuba braucht. Zweitens: Der Journalismus, den wir brauchen, kann man, wenigstens heute, in den offiziellen Medien nicht machen. Das ist sehr misslich, denn in Kuba, wo nicht alle regelmäßigen Zugang zum Internet haben, sind die offiziellen Medien die wichtigste, wenn nicht die einzige, Informationsquelle.

Wir brauchen einen frontalen, direkten Journalismus. Für einen Dramaturgen, einen Dichter oder einen Romancier mag die Doppeldeutigkeit ein gutes Stilmittel sein. Für den Journalisten ist sie Ballast. Wir brauchen einen Journalismus, der sich der Oberflächlichkeit verweigert, der nicht um den heißen Brei herumredet, der den Problemen auf den Grund gehen will, auch wenn er weiß, dass die Ursache der Probleme oft ganz oben zu finden ist.

Wir brauchen einen mutigen Journalismus, der es ablehnt, Personen oder Institutionen als unantastbar zu betrachten, der sich traut, anzuklagen, wann immer das nötig ist, und der sich auch nicht hinter Masken versteckt – nicht Gulliver sagt, wenn es Fidel Castro heißen müsste, nicht Lilliput, wenn es um Kuba geht.

Der Journalismus darf sich nicht maskieren

In „Ganz unten“ schreibt Günter Wallraff, dass man sich „mitunter maskieren muss, um der Gesellschaft die Maske vom Gesicht zu reißen“. Es mag sein, dass sich der Journalist manchmal maskieren muss. Aber doch nicht der Journalismus. Zum Glück haben wir in den unabhängigen Medien die Möglichkeit, die Dinge beim Namen zu nennen, auch wenn wir sie nicht immer optimal ausnutzen.

Überall auf der Welt, aber besonders in einem Land, wo über so viele Dinge nicht gesprochen wird, in einem Land, wo ein großer Teil der Wirklichkeit im Schatten verborgen bleibt, müsste sich der Journalismus vornehmen, nicht wie die Sphinx zu sein, die komplizierte Rätsel aufgibt, sondern wie Prometheus, der den Göttern das Feuer entreißt, um es den Menschen zu geben.

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Versión original:

Las cosas por su nombre

En octubre del año pasado el periódico Tribuna de La Habana, bajo el título “Viajes de Gulliver junior“, publicó un breve artículo de opinión que, en el ámbito cubano, merece el calificativo de singular. Su singularidad estaba dada por el texto en sí y por el medio en que apareció publicado –Tribuna de La Habana es el órgano del Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba (PCC).

“Gracias a su padre Gulliver junior viaja bastante seguido“, se lee al comienzo. “Una vez en casa no cuenta nada. Engaña a los coterráneos con anécdotas sobre naufragios“, dice en otro momento. A pesar de su naturaleza críptica, algunos, los más informados, creyeron reconocer en este artículo una alusión a las lujosas vacaciones de Antonio Castro, hijo del expresidente cubano Fidel Castro, sorprendido, ese mismo año, por una cámara indiscreta en un balneario de Turquía.

Puede que se tratara de un trabajo hecho por encargo –los caminos del PCC, como los del Señor, son inescrutables–. También cabe la posibilidad de que el texto, sencillamente, consiguiera evadir el examen de los editores. En cualquiera de los dos casos, “Viajes de Gulliver junior“ es un testimonio clarísimo de cuáles son las reglas del juego en los medios oficiales cubanos.

El artículo se las ingenia para no revelar el verdadero nombre de Gulliver, el rostro oculto bajo la máscara. Si lo anima el propósito de denunciar, el alcance de la supuesta denuncia resulta mitigado por su vaguedad. Cualquier tentativa de aprehender su sentido conduce por fuerza a la especulación. Aun así, la bloguera cubana Yoani Sánchez no vaciló en considerarlo un “texto metafórico pero certero“. ¿Cuánto puede haber de certero en un texto que no ofrece certezas de ninguna clase? Bastante poco, creo yo, a pesar de esas “similitudes entre la historia simbólica y la vida real“ que Yoani Sánchez se empeña en descubrir.

Es comprensible que para escapar a la censura, en ocasiones, haya que aproximarse a la “vida real“ de manera oblicua, desde las “similitudes“ y lo “simbólico“. Sin embargo, hay dos cosas que me parecen evidentes. La primera: ese no es el periodismo que necesitamos en Cuba. La segunda: el periodismo que necesitamos, al menos hoy, casi no tiene cabida en los medios oficiales, lo cual es un inconveniente, porque en Cuba, donde no todos pueden acceder de forma sistemática a Internet, los medios oficiales son la fuente de información más asequible, cuando no la única.

Necesitamos un periodismo frontal, directo. Para el dramaturgo, para el poeta o para el novelista, la ambigüedad puede llegar a ser un recurso eficaz. Para el periodista, en cambio, la ambigüedad es un lastre. Necesitamos un periodismo que rehúya de lo superficial, que no se ande por las ramas, que se proponga llegar a la raíz de los problemas, aun sabiendo que la raíz de los problemas, a menudo, se encuentra en la cúspide.

Necesitamos un periodismo valiente, que se resista a creer en la existencia de personas o instituciones intocables, que se atreva a denunciar cuando haya que hacerlo y que lo haga sin apelar a las máscaras, que no diga Gulliver donde debería decir Fidel Castro, ni Liliput donde debería decir Cuba.

En Cabeza de turco, Günter Wallraff afirma que es preciso “enmascararse para desenmascarar a la sociedad“. A lo mejor hay veces en que al periodista le conviene el disfraz, pero es inadmisible el periodismo que se disfraza. Por fortuna, en los medios independientes gozamos de una ventaja a la que no siempre sacamos el mayor provecho: la posibilidad de llamar las cosas por su nombre.

En cualquier sitio, pero sobre todo en un país donde hay tanto de lo que no se habla, en un país donde buena parte de la realidad permanece confinada en las sombras, el periodismo debería aspirar a ser no como la Esfinge, que formulaba enigmas intrincados, sino como Prometeo, que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres.

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